Una mirada desde mi posición de líder
Apuntes para entender a mis colaboradores y a mí mismo
El problema y drama de las personas es que vemos el mundo por una ventana y asumimos que los demás lo ven desde ahí mismo.
El hecho es que la cabeza piensa a partir de donde pisan sus pies, que cada uno ve con los ojos desde la perspectiva que tiene e interpreta todo y a todos a partir de donde está parado. Es por ello que mientras unos ven un 6 pintado en el piso, otros verán un 9, dependiendo de su posición relativa. El riesgo es que si partes de la convicción de que eres el dueño de la verdad, ya no escucharás al otro, pues sólo escuchas tu punto de vista.
Pero dado que todo punto de vista es la vista desde un punto, para entender cómo alguien más observa, es necesario saber cómo son sus ojos y cuál es su perspectiva del mundo. Eso hace que tu observación atenta pueda abrirse siempre a una relectura.
Por ello, observar significa volver a ver, comprender e interpretar desde la propia experiencia, pero sin clausuras ni puntos de llegada definitivos. “Volver a ver”, re-espejear, ver de nuevo en el espejo, es la etimología de una palabra que a menudo usamos sin darnos cuenta: “respetar”.
Así que para comprender al otro, para tratarlo respetuosamente, es esencial conocer el lugar desde el cual él mira. Vale decir: cómo vive, con quien convive, qué experiencias tiene, en qué se afana, qué deseos alimenta, cómo asume los dramas de la vida y la muerte, y qué esperanzas lo animan.
Siendo así, es evidente que cada persona es un lector y, al convivir, nos convertimos también en co-autores. Porque cada uno observa con los ojos que tiene, mientras intenta comprender e interpretar a partir del mundo que habita junto con otros.
Con estos presupuestos, también tu puedes repasar tu historia, tu propia historia, la historia que hasta el día de hoy te has contado.
Cuando tomas conciencia del lugar en el que estás parado, puedes decidir moverte y, al hacerlo, cambiar tu posición física, mental y emocional, desarrollando así una nueva mirada. Si lo logras, no será tanto porque pretendes cambiar el paisaje, sino porque puedes transformar el observador que eres y, con ello, asumir tu propia responsabilidad: la responsabilidad de tu propia historia.
Es verdad que no puedes cambiar tu pasado y que mucho de tu presente y futuro dependen de alguien más, pero puedes cambiar la forma en que lo interpretas, renunciando a cualquier rol de victima, para convertirte cada vez más plenamente en protagonista.

